Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Cine y nada más: cinco años sin Abbas Kiarostami

«¡Ah!, tú, verde, todo verde,
Pon tus manos como un recuerdo encendido
En mis manos amantes
Y como un cálido sentimiento de existencia
Confía tus labios a las caricias de mis amantes labios.

El viento nos llevará consigo.»

El viento nos llevará, poema de Forough Farrokhzad

 

 

El 4 de julio de 2016 moría en París uno de los cineastas asiáticos más aclamados de la historia del cine. Su nombre: Abbas Kiarostami. Nacido en Irán el 22 de junio de 1940, Kiarostami comienza sus andanzas como artista estudiando Bellas artes en la Universidad de Teherán con la voluntad de convertirse en pintor y diseñador. Tras acabar sus estudios ingresa en el Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Jóvenes Adultos, institución en la que crea un departamento dedicado a piezas cinematográficas, cortometrajes que retratan los miedos, las inseguridades y las aspiraciones de los niños de Irán.

En 1974 estrena su primer largometraje titulado El viajero que retrata la vida de un niño revoltoso, mal estudiante y embaucador que anhela poder ir a ver un partido de fútbol de su equipo favorito. Qassem, así es como se llama el protagonista, recuerda vivamente al pequeño Antoine Doinel, otro estudiante rebelde y travieso que protagoniza la obra maestra Les 400 coups (1959) del director francés François Truffaut. Desde luego ambos filmes –El viajeroLes 400 coups– son hitos de sus respectivos movimientos cinematográficos modernos: la Nueva ola iraní y la Nouvelle Vague. En la cinta de Kiarostami, el director retrata con crudeza la realidad precaria de un niño que se ve obligado a engañar, robar y vender sus bienes más preciados con tal de conseguir cumplir su deseo que acaba, finalmente, por escapársele de las manos.

El desolador plano final de El viajero (1974)

No hay duda de que este cine es también deudor del más puro neorrealismo y es que podríamos decir que la realidad en el cine de Kiarostami llega a un límite en el que difícilmente uno llega a diferenciarla de la ficción. Al fin y al cabo, y siguiendo con esas características propias del neorrealismo italiano, muchos de los personajes que aparecen en las películas del realizador iraní son interpretados por gente corriente de la calle, no actores que viven de primera mano lo que se narra en sus películas. Su película ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) es un ejemplo no solo de cómo sus personajes son interpretados por no actores sino también de la «simpleza» de los argumentos de sus películas. Esta en concreto trata de un niño que, haciendo caso omiso a su madre, huye de su casa en busca del hogar de un amigo del colegio para devolverle su cuaderno de deberes -que cogió sin querer- para evitar que su severo profesor expulsase a su compañero por no tener sus trabajos a tiempo. Un argumento tan banal supone un retrato realista y emotivo de la amistad, de la bondad y de la severidad y mano dura con la que ciertos padres educan a sus hijos.

Realmente en el cine contemplativo de Kiarostami no existe argumento minimalista y simple, pues sus filmes suponen la búsqueda del alma humana más allá de la gran pantalla. El director transgrede los límites fílmicos con tal de extender sus ideas, observaciones y aprendizajes de la vida a un nivel metacinematográfico. Prueba de ello son, desde luego, su siguiente film: Close-up (1990) sobre un amante del cine juzgado por haberse hecho pasar por un afamado director, y por supuesto las dos películas que preceden a ¿Dónde está la casa de mi amigo? y que suceden a raíz de un terremoto sucedido en el pueblo donde ocurre el film, Koker, que dejó a miles de muertos y heridos. Una de ellas es Y la vida continúa (1992), sobre un director y su hijo -basados en el mismo viaje que realizó Kiarostami junto a su hijo- que viajan al lugar donde se rodó ¿Dónde está la casa de mi amigo? en busca de su actor protagonista.

Si con este film evidencia que su anterior película sobre el niño que debe devolverle el cuaderno de deberes a su amigo es, en efecto, una película, con A través de los olivos (1994) -la siguiente entrega de la trilogía- va un paso más allá y retrata a un grupo de rodaje que se traslada a Koker para realizar un film sobre un director que viaja con su hijo tras el terremoto ocurrido en Koker en busca de uno de los actores de ¿Dónde está la casa de mi amigo?. En efecto, A través de los olivos trata de un director que rueda Y la vida continúa. Este tríptico metacinematográfico pone en «crisis» constantemente ese extraño pacto entre espectador y obra en el que el primero acepta que el relato narrado en la segunda es verídico. Más allá de esta experimentación sobre el mundo del cine y la realidad dentro de él, la trilogía de «Koker» tampoco deja de lado problemas mundanos relacionados con la muerte, el amor y la felicidad: preocupaciones constantes de los personajes.

Tres fotogramas de las películas que forman la Trilogía de Koker: ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), Y la vida continúa (1992) y A través de los olivos (1994)

En 1997 es galardonado con la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su obra maestra El sabor de las cerezas. Un hombre recorre las calles y carreteras de Teherán en busca de una persona que le pueda ayudar a hacer un «trabajo». Necesita que alguien le entierre una vez se haya suicidado, pues ya no soporta vivir más en el mundo. Kiarostami retrata esta cruda historia sobre la vida y la muerte con su protagonista conduciendo a través de paisajes áridos y terrosos, carentes de vida, cualidades que él también comparte. La cualidad poética del realizador es imposible de negar, pues a través de la imagen es capaz de transmitir la esencia de la película. En el caso de El sabor de las cerezas destaca una escena en la que el protagonista se acerca a unas obras. Un camión de basura vierte tierra sobre el terreno. El plano muestra la tierra cayendo sobre la sombra del personaje -que se encuentra fuera de campo-. Como decía, en tan solo un plano Kiarostami es capaz de resumir la idea principal de su film a través de sus imágenes, que son pura poesía.

El sabor de las cerezas (1997). A la izquierda, un plano en el que el protagonista del film se funde casi por completo con el polvo de la tierra, a la derecha un plano que resume la esencia del film y el deseo final del personaje: ser enterrado una vez se haya suicidado.

Y no se puede hablar de poesía sin hablar de El viento nos llevará (1999) una película dedicada por completo a la poesía, pues nace del poema homónimo de Forough Farrokhzad; una de las poetas iraníes más aclamadas. El film nos cuenta la historia de un grupo de ingenieros que viaja a un pueblo rural alejado de Irán donde se hospedan a la espera de la muerte de una anciana. Durante su espera, el protagonista -amante de la poesía- va conociendo a los habitantes de la zona y se sorprende de su gran cultura y dedicación por el conocimiento, además de sus espíritus gentiles, solidarios y caritativos tan diferentes a los que se podría encontrar en la ciudad. La película se podría calificar como una total catálisis -esos elementos narrativos que definía Roland Barthes en Introducción al análisis estructural de los relatos como esas funciones que ‘rellenan’ el espacio narrativo entre núcleos (la esperada muerte de la anciana, por ejemplo)- en la que no sucede gran cosa, pero a la vez sucede de todo. Incluso nos podríamos atrever a decir que gran parte del cine de Kiarostami es catalítico.

Las obras del principio de milenio de Kiarostami no tienen nada que envidiar a las del siglo XX. En estas destaca el constante juego que realiza con el fuera de campo -aunque siempre exploró lo que supone traspasar los límites del marco fílmico- en películas como Ten (2002) rodada en su totalidad dentro de un coche o Shirin (2008) sobre una serie de actrices que son espectadoras de una función de teatro que nunca vemos (pero sí oímos) sino que tan solo encuadra los rostros emocionados de las intérpretes. Posiblemente su siguiente película, Copia Certificada (2010), suponga uno de los usos más impactantes de la elipsis cinematográfica. Lo que parece ser un relato sobre un día en la vida de una galerista francesa y un escritor inglés que pasean por la Toscana resulta ser la historia de quince años de matrimonio de esa pareja.

Su paseo por las calles de Italia supone su primer encuentro en la vida y a la vez la celebración de su decimoquinto aniversario; todo ello sin cambiar de escenario ni de actores para evidenciar el paso del tiempo. El espectador es consciente de esta elipsis temporal a través de la conversación que tienen la pareja -interpretada por Juliette Binoche y William Schimell- cargada de admiración al principio del film y de «pullas», resentimiento, odio y amor tóxico a medida que avanza la narración. Copia Certificada habla sobre el amor perdido, sobre la falta de entendimiento, sobre hablar dos lenguas distintas y no esforzarse por comprender la desconocida… Kiarostami no deja de encuadrar la representación de una relación desestructurada. Aun cuando los protagonistas salen fuera de campo, sigue habiendo algún elemento que evidencia esa esencia del matrimonio acabado.

La pareja de Copia certificada sale de una iglesia detrás de un matrimonio de ancianos. Estos son la viva imagen de a lo que anhelan convertirse los protagonistas.

Esta película y su siguiente trabajo Like someone in love (2012) suponen una apertura en el cine de Kiarostami más allá de su tierra natal. No obstante no se puede negar que tanto sus películas rodadas en Irán como las rodadas fuera del país tratan temas universales, filosóficos y poéticos que siempre han maravillado al ser humano: la vida, la naturaleza, la muerte, la pérdida, el amor, la soledad, la infancia, la inocencia, la amistad… A los 76 años, edad con la que murió, Abbas Kiarostami siempre fue fiel a su estilo y al arte con el que siempre se atrevía a experimentar y llevar más allá, dándole otra vuelta a los conceptos ya conocidos. Prueba de ello es su último film estrenado póstumamente: 24 frames (2017) en el que el realizador toma diferentes imágenes (desde cuadros de Pieter Brueghel el Viejo hasta fotografías propias) y les aporta ciertos elementos en movimiento con tal de ir más allá del instante, del fragmento de tiempo en el que fueron tomadas y/o realizadas.

Es indiscutible que Abbas Kiarostami sea uno de los directores más interesantes a explorar. Puede que su cine contemplativo, experimental y poético no sea para todos los gustos y eso no es nada malo, pero desde luego su visión del mundo y su voluntad de transmitirla a través del arte es atractiva e invita a querer saber más sobre este director capaz de realizar poesía con la imagen.

Abbas Kiarostami, siempre cámara en mano, dispuesto a capturar los «pedazos de vida» que más le cautivaban e inspiraban

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