El miedo atrapado en el silencio: «A quiet place» (John Krasinski, 2018)

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Si bien podemos partir de la premisa que una de las bases para la construcción del horror es la capacidad o la habilidad tanto del trabajo que existe detrás de cada frase, de cada plano, de cada personaje y de cada escena y, en suma, de tanto guionistas, productores y directores como de la generación de emociones en la audiencia. A quiet place (2018) resulta una apuesta cinematográfica ciertamente arriesgada o cuya intención se remonta precisamente a generar una emoción en el espectador o la audiencia pero de un modo no habitual. Si bien la música puede resultar un componente esencial y en la construcción de una atmósfera que nos resulte terrorífica, en este caso destaca precisamente su (casi) ausencia.

Los espectadores nos adentramos en un mundo postapocalíptico donde solamente aquellos seres humanos que han sabido adaptarse a las nuevas condiciones de vida son aquellos que van a poder seguir sobreviviendo ante una amenaza externa: unos seres gigantescos inmisericordes con aquello que antes era un mundo dominado por los humanos. Si bien la documentación en prensa, los recortes de periódicos que cubren las ciudades deshabitadas dan constancia de cuál es el punto a tener presente, es decir, el sonido, realmente vamos palpando la importancia del sonido (o, más bien, la ausencia de éste) como condición indispensable para seguir viviendo.

En el seno de una joven familia (Emily Blunt y John Krasinski), los niños no pueden jugar con normalidad, los adultos no pueden mantener conversaciones con un tono normal puesto que cualquier sonido que llame la atención (y que no pueda cubrirse con sonidos de la naturaleza, como el flujo de un río o el sonido que producen las hileras de luces que iluminan parte de un poblado) será entendida como una voz de alarma, como una señal para el ataque de estos seres. Ataques, sin duda, mortales que se van a llevar consigo la vida de uno de los hijos de la familia, quien acaba aceptando un avioncito de juguete con pilas que su hermana le da y por el cual ésta va a sentirse culpable de la muerte de su hermano, de la advertencia de su padre hasta el punto de pensar que su padre ya no la quiere.

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En la película podemos ver cómo los humanos podemos adaptarnos a situaciones de vida adversas y que aquellos que no lo hacen son aquellos que mueren (ley de superviviencia y darwinismo en estado puro). No obstante, y ante una visión esperanzadora de la propia raza humana con un nuevo embarazo, las condiciones de vida se vuelven de cada vez más duras. El padre enseña a su hijo (y es inflexible con enseñarle también a su hija pese a sus deseos expresos, en una perpetuación de roles de género tradicionalmente asumidos en el seno de una familia nuclear tradicional y que resulta un punto negativo) a pescar para sobrevivir y la madre se encarga de todas las tareas domésticas (limpiar, coser, planchar, cocinar y hacer conservas, etc.); del cuidado de sus hijos y de su enseñanza, necesaria para poder sobrevivir solos cuando sean adultos.

Pese a ello, puede resultar una reflexión necesaria plantearse si un nuevo hijo supone un deseo egoísta teniendo en cuenta las condiciones de vida que se les plantean (y quizá esta postura que radica en un cuestionamiento de las decisiones parentales que nos acercarían a posturas antinatalistas, dentro de un marco de ficción postapocalíptica que ya tienen su presencia en un debate emergente en nuestra sociedad contemporánea) o si, desde otra perspectiva, puede resultar un intento para mantener viva la raza humana. La ley de supervivencia nos mostrará que, en última instancia, los padres pueden ser nuestros salvadores y que su amor incondicional será lo que marcará la lucha contra la adversidad.

Sin lugar a dudas, la audiencia debe permanecer también en silencio si desea no perder detalle de todo lo que está ocurriendo y debe, también aprender a leer los créditos propios del lenguaje de signos utilizado por los propios actores. El silencio y la inquietud que te genera la ausencia de sonido resultan una de las claves más eficaces de la película, en su particular representación de una familia como representante de la raza humana que ha sobrevivido pero que, en estos momentos, ocupa el último escalafón dentro de una cadena alimentaria, tomando distancia del androcentrismo y la supremacía que, en ocasiones, parece caracterizarnos.

Si bien la audiencia puede no salir de la sala de cine con una explosión o un vaivén emocional, sí que puedes salir abducido por el propio silencio y la crueldad que subyace en él.  El silencio es la norma, es la ley. En realidad, es la única ley de la película y si no la cumples, estás perdido. Si el grito o, en última instancia, la voz puede resultar, en ocasión, nuestro mecanismo humano para pedir ayuda o auxilio o, incluso, advertir a otros de lo que está sucediendo casi de forma inmediata, esto es precisamente lo que no vas a poder hacer pues la tensión va a ir in crescendo como un mecanismo de relojería que dotan de un aproximación nueva y original a una película que podría llegar a convertirse en una pieza de culto.

 

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