Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Fetiches y accidentes de coche: «Crash» (David Cronenberg, 1996)

El poster del reestreno de Crash de la mano de A Contracorriente films en su 25 aniversario

En una sociedad cada vez más selectiva, crítica y moralizante que no teme en descalificar y «cancelar» ciertas obras artísticas que supongan en ocasiones una ruptura con lo establecido y lo ético, uno echa la vista atrás y se pregunta: ¿Qué ocurriría si se estrenase tal o cual película ahora? Un demoledor bufido indicaría la imposibilidad de que esa obra citada consiguiese superar la aceptación del público de hoy en día. Seguramente entre esta serie de películas inviables de ser vistas a día de hoy en las salas de cine se encuentra la perturbadora Crash, un rompedor y escalofriante film que el escabroso director de culto canadiense David Cronenberg estrenó en 1996. Ahora que se cumplen 25 años de la cinta podemos comprobar con nuestros propios ojos -sentados en las salas de cine- cómo este filme aun causa el mismo impacto que cuando se estrenó; recibiendo las mismas alabanzas y rechazos a partes iguales a cuando se vio por primera vez.

Y es que no podría ser de otro modo tratándose de un filme que pretende hacernos partícipes vouyeurs de uno de los más delirantes y perturbadores fetiches que jamás se hayan podido rodar en el séptimo arte. James Ballard y Catherine son una pareja de lo más abierta en cuanto a relaciones sexuales se refiere. No tienen problema en acostarse con extraños y contarse sus experiencias. Ella sobre el frío metal de una avioneta en un hangar y él en uno de los camerinos mientras le esperan para rodar (James es productor de televisión). En lo alto de su apartamento, otean la autopsita y la gran ciudad. Todo lo que ven son máquinas con ruedas que van de un lado a otro. En esa misma carretera, una noche, James sufre un accidente y se estrella de frente contra un coche. El piloto de este, al no llevar el cinturón de seguridad puesto, sale disparado de su automóvil y acaba muriendo incrustado en el parabrisas del coche del protagonista. James acaba malherido, mira hacia en frente y sus ojos se cruzan con la mirada (y el pecho descubierto) de Helen, una doctora que iba de copiloto en el otro coche y que, igual que el productor, ha quedado atrapada, herida y lisiada. Durante el estadío en el hospital, James se vuelve a encontrar con la misteriosa mujer y con un extraño y morboso doctor que parece fascinado por sus heridas y cicatrices.

Después del accidente, James siente que debe volver cuanto antes a conducir. De alguna manera siente la necesidad (sexual) de volver a experimentar la sensación de tener un accidente

A partir de ese momento, James comenzará a tener encuentros sexuales con Helen, en interior de coches, atraídos por la violencia del accidente que ambos sufrieron. Esta le introducirá en un submundo en el que la fascinación por los automóviles y los accidentes de coches va mucho más allá de un hobbie un tanto macabro, se extiende hasta un terreno sexual. Un grupo de personas lideradas por Vaughan (el extraño personaje que se hacía pasar por doctor) se dedican a representan accidentes automovilísticos de famosos como James Dean y Jayne Mansfield, y a extender su fetichismo sexual por los accidentes de coche, por la violencia que estos suponen y por la voluntad de que ocurra una evolución del hombre en un ser en el que se unan carne y metal. A partir de aquí, la película avanzara in crecendo hasta alcanzar un punto álgido de fetichismo, muerte y sexo.

A lo largo de la película vemos como los personajes sienten una atracción sexual por un nuevo tipo de ser: humanos con piezas ortopédicas metálicas y grandes cicatrices, una especie de hibridación de máquina y humano

Crash no pretende transmitirnos un mensaje moral, ni tiene un clímax final que haga que sus protagonistas se replanteen lo que acaban de vivir y que elijan tomar «el buen camino». Tan solo es un filme que refleja los límites perversión del ser humano; si es que tiene. No es una historia de un personaje modélico que entra en una sociedad oscura y corrompida para después salir de ella, no. Los protagonistas ya desde el principio son descritos como gente con formas de vivir y de entender la vida distintas al resto, poco aceptadas y lejos de convencionalismos y conservadurismos. Cronenberg, consagrado como un director que no teme en ahondar en lo más oscuro y bizarro de la naturaleza humana a través de filmes como Videodrome (1983) o Dead Ringers (Inseparables, 1988), adapta la novela homónima de James G. Ballard (el mismo nombre que el protagonista del filme) con tal de describir una sociedad inconformista que busca llevar sus fantasías macabras a un nivel extremo.

Los personajes del filme nunca acaban resignando con lo que tienen. No les son suficientes los accidentes y colisiones que sufren, ni las cicatrices que tengan en el cuerpo como resultado de esos choques, quieren cada vez más de ello, más sangriento, salvaje y mortífero. «Tal vez la próxima vez» le dice James a su pareja, tendida en el suelo después de haber tenido un accidente, dando a entender que seguirán con esas prácticas hasta que consigan satisfacerse; algo que muy posiblemente nunca logren dado su naturaleza consumista.

La perversión masoquista de los personajes es insaciable, cada vez buscan más y más

Presentada en el Festival de Cannes en 1996, el filme consiguió ser reconocido con el Premio especial del jurado quedándose a las puertas de conseguir la Palme d’Or. El público ya entonces quedó fascinado con la maestría de Cronenberg, que agobia con sus encuadres con angulaciones aberrantes, repitiendo planos para conseguir plasmar el nerviosismo, la angustia y la tensión de sus personaje, con un montaje frenético a la hora de retratar la agresividad de las colisiones y accidentes acompañados de la gran banda sonora de Howard Shore, muy diferente a cuando a la pausa y ausencia de cortes rápidos a la hora de mostrar los affairs sexuales de los personajes, para los que Cronenberg decide usar un movimiento de cámara lento y continuo evidenciando que nosotros somos un personaje más que se inmiscuye en los asuntos truculentos y perversos de sus personajes.

Los títulos de crédito anuncian los nombres de los actores con un aspecto metálico. Ya advierten de la frialdad de los personajes que interpretan, a quienes solo les excita la muerte y la chapa gélida del chasis de los coches y de las prótesis ortopédicas que algunos personajes se ven necesitados de llevar después de haber sufrido daños graves en sus comunes accidentes automovilísticos. La pareja protagonista, James Spader y Debora Kara Unger, realizan unas interpretaciones magistrales que se complementan a la perfección con la locura a la que consigue llegar la impresionante actuación de Elias Koteas. Holly Hunter y Rossana Arquette son la guinda perfecta como secundarias de esta película sobre el rostro oscuro del ser humano y de sus fetiches más perversos.

 

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