Me llamo Celeste Wright, y mi marido…

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Como ya se ha comentado en este blog, la serie de HBO Big Little Lies fue uno de los estrenos más esperados de 2017, y a través del trabajo de grandes actrices que conocemos sobre todo por su presencia en largometrajes de Hollywood, mostraba un mundo aparentemente idílico pero realmente cargado de una violencia insoportable.

Entre los personajes protagonistas, el interpretado por Nicole KidmanCeleste Wright– es seguramente uno de los más complejos en su construcción, presentación y recepción. Es una criatura de ficción apoyada en la realidad de millones de mujeres en el mundo, llena de pliegues y de detalles que nos van revelando poco a poco lo grave de su situación.

Al principio de la serie Celeste aparece ante la gente de su comunidad sobre todo como fuente de envidia: hermosa, enamorada, madre de dos hijos listos y populares, con una vida sexual muy activa y un marido que se desvive por ella y por sus niños. Como el juego de palabras con el apellido de él sugiere, Perry es “Mr. (W)Right”, el príncipe azul que toda fémina bien socializada en el patriarcado debe buscar y que no muchas afortunadas encuentran.

Entre lo poco que sabemos del pasado del personaje de Kidman se encuentra el hecho de que era una abogada de éxito que dejó su carrera aparcada para dedicarse al rol que Marcela Lagarde llamaría de madresposa. En su presente vemos esa dedicación, supuestamente elegida, desarrollarse en una casa de lujo frente al océano. Los días de Celeste transcurren entre ese hogar de clase alta con niñera y todas las comodidades, el colegio de sus gemelos y el café de la playa donde pasa con sus amigas el poco tiempo libre que sus obligaciones le dejan. En la foto, sin embargo, no siempre está su atractivo y exitoso cónyuge (interpretado por Alexander Skarsgård), que viaja mucho por trabajo.

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A medida que los episodios van avanzando, nos damos cuenta de que cada regreso de Perry Wright es un retrato del perverso ciclo de la violencia de género en la pareja que han analizado expertas como Lenore Walker, y donde se van quemando etapas de acumulación de tensión (“llego cansado de mi viaje y solo quiero ver a mi mujercita esperándome en casa”), explosiones violentas (“mira lo que me obligas a hacer”) y lunas de miel cada vez más breves (“no volverá a ocurrir, te lo prometo”). Poco a poco y sin que Celeste parezca entender muy bien por qué, el control del dinero (“no necesitas volver a trabajar”) y del tiempo (“esta noche saldrás con tu marido”) lleva a la vigilancia del más mínimo detalle (“¿para qué te arreglas tanto?”) y desemboca en el grito, el zarandeo, la bofetada, el puñetazo, el puntapié, la paliza.

Además de la dureza de las escenas de violencia física, ya sean explícitas o sugeridas a través de las voces o los moratones, probablemente los momentos más intensos de Celeste Wright en la única temporada emitida de Big Little Lies sean las sesiones con su terapeuta. Puestas en marcha como tratamiento de pareja que pierde su sentido cuando el miembro masculino del par deja de acudir, las charlas entre Celeste y Amanda Reisman (Robin Weigert) son la estrategia elegida por el creador David E. Kelley para contarle a la audiencia que la perfecta Señora Wright es una mujer maltratada, y para hacer que la susodicha abra los ojos y finalmente actúe.

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Sin ánimo de destripar más de la cuenta, hay que decir que el retrato de Celeste como víctima de violencia de género es perturbador por lo mucho que puede llegar a acertar. En su caracterización entran el reconocimiento de las agresiones –que ella describe como mutuas porque a veces se defiende–, la dependencia emocional (“estamos muy enamorados”), el intenso vínculo sexual –los episodios violentos suelen acabar en coitos rápidos y desbocados–, la negación del estatus de víctima (“yo también soy responsable”) y la ceguera a los efectos sobre los hijos (“a ellos nunca, y nunca delante de ellos”).

Y si lo que cuenta o deja de contar la Señora Wright es importante (impagables los gestos y los silencios de Kidman), no lo es menos la actitud de la Dra. Reisman. Alabada como una representación positiva de su profesión por terapeutas de carne y hueso, el personaje construido por Weigert se aparta del estereotipo del psiquiatra desconectado y mecánico que perpetúa el tratamiento por el bien de su propio bolsillo. Cuando se da cuenta de la situación a la que se está enfrentando, Amanda toma las riendas para ayudar a Celeste a recuperar su vida. Sin dejar de mirarla a los ojos le pregunta si tiene un plan, y le deja bien claro que el maltrato nunca va a menos. Sus preocupaciones éticas (no debería recibir a Celeste sola si ha sido contratada para trabajar con la pareja) quedan a un lado en beneficio de su humanidad y su sororidad. Lo que vemos en Big Little Lies son dos mujeres frente a frente: una a punto de ahogarse y la otra lanzándole un salvavidas pero haciéndole ver que, si no nada por sí misma hasta la orilla, puede acabar muriendo de todas formas.

Como espectadora no he sido una gran fan de los personajes femeninos de esta serie de HBO. Su adscripción de clase y las problemáticas que parecen sufrir en la superficie me han alienado hasta hacerme perder el interés. Sin embargo, me resulta obligado reconocer que Celeste Wright hace mucho bien dentro del panorama de la ficción televisiva actual. Porque no es un ser plano y estereotipado, y porque ofrece suficientes rasgos reconocibles como para que las luces rojas se enciendan y las alarmas salten. La tentación de caer en un sarcástico “pobre niña rica” o en un irónico “los ricos también lloran” desaparece gracias a su interacción con la Dra. Reisman. Al esconder su situación, Celeste no puede apoyarse en sus amigas, como sí hace por ejemplo Jane Chapman (Shailene Woodley), pero la mano firme de Amanda la acompaña a buscar una salida. Si esta aparece o no y a qué otros lugares puede llevarla no es un asunto que yo deba resolver aquí. Para eso está la serie.

 

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