The Young Sheldon: reseña de los episodios 2 y 3

YOUNG SHELDON EPISODE 2
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Los episodios 2 y 3 siguen con la tendencia tripartita en sus títulos, que incluye la enumeración de tres elementos. Así, el episodio número dos (el primero o piloto ya ha sido comentado) se titula “Cohetes, comunistas y bibliotecas”; y el tres, “Póquer, fe y huevos” (adelanto que los siguientes continúan con esta tendencia). Los dos episodios nos siguen adentrando en los orígenes de este ser particular pero entrañable, y es así más aún en esta tierna etapa de su vida, a lo que también contribuye la carita de bueno del actor que lo representa, Iain Armitage. Así, a pesar de la petulancia que está presente en el protagonista ya desde tan temprana edad, en el episodio primero no deja de conturbarnos al contemplarlo en el entorno del instituto, al que accede antes de tiempo (con tan solo 9 años) por su alta capacidad intelectual, como ya le ocurriera a T.J. Henderson, el protagonista de otra serie anterior de contenido similar, Smart Guy (1997-99). Pero no conmueve tanto el hecho de que Sheldon no tenga amigos (pues no se le ve sufrir por ello, sino más bien al contrario), como el de que trate de poner solución a ello con el único fin de evitar que su madre esté preocupada por ello, demostrando así que realmente siente un cariño especial por ella. Esto, por otra parte, da también lugar a momentos cómicos, como los derivados de comprobar cómo las técnicas del bestseller de Dale Carneige, How to Win Friends and Influence People, no dan resultado alguno en el entorno de Sheldon (que las aplica con interés a cheerleaders, atletas, pandilleros…), sino que llegan, incluso, a producir el efecto contrario.

Resulta paradójico que sea justo en el momento en que Sheldon va a devolver el malogrado libro antes aludido a la biblioteca cuando consiga hacer su primer amigo, el vietnamita Tam, que comparte con él su afición por los cohetes -además de otras características, como se irá viendo conforme avanza la serie. No obstante, la escena de la comida en que éste, invitado por la más que complacida madre de Sheldon, comparte sus experiencias con el resto de los Cooper, deja un poco descolocado al telespectador/a, o al menos así me ha ocurrido a mí. Y es que, por una parte, parece como si el director de la serie, Chuck Lorre, tratara de evitar la crítica que suelen recibir diversas series de televisión sobre la poca visibilidad que se otorga a la diversidad -recordemos el caso de Girls, por ejemplo, comentado también en este blog. Con dicho fin, pues, se podría interpretar que incluye, ya casi desde el principio de su programa, a este vietnamita y saca de este modo a la luz el sufrimiento de gente que, como la familia de este niño, sufrió combatiendo para los Estados Unidos y posteriormente se trasladó a dicho país buscando una vida mejor y encontró, por el contrario, un horario laboral agotador a cambio de un salario nimio.

Pero, por otra parte, estas alusiones quedan como fuera de lugar en el episodio, ya que, ni mueven -lógicamente- a la risa -enfoque que podría esperarse del género cómico al que pertenece la serie-, ni dan lugar a ningún tipo de comentario o reflexión posterior (la única reacción a la triste narración de Tam es la de Sheldon, que resume en el monosílabo “deprimente”). ¿Será que es la intención de los creadores el lanzar este tipo de “preguntas sin respuesta” para que los espectadores/as reflexionen viendo la serie y no la tengan como un mero entretenimiento? Como la serie acaba de arrancar, aún es difícil responder a esta pregunta. Veremos qué va pasando en este sentido… En cualquier caso, el halo de tristeza y melancolía que envuelve a Tam se amortigua en gran medida con la ocurrencia o travesura final de los dos amigos, que termina con la presencia del FBI en casa de los Cooper con la intención de detener al pequeño. Aún así, reconozco que me consuela saber -gracias a The Big Bang Theory– que Sheldon conseguirá en el futuro un grupo de amigos que, aunque con pasados también en cierto modo tormentosos, resultan mucho menos tristones y mucho más divertidos.

El episodio tercero, “Póquer, fe y huevos”, sigue jugando con estereotipos y mantiene la ambigüedad en cuanto a si sus creadores se están burlando de ellos o simplemente están exagerando sus características de un modo consustancial a la comedia -como ocurre con las caricaturas-, aunque seguimos sin entender bien con qué fin. Así, pues, en esta tercera entrega, la gente rural aparece representada de forma simplona e ingenua, cosa que llega al extremo en el caso del vecinito granjero, Billy Sparks, que apenas si habla, pero que expresa su “amor” hacia la hermana de Sheldon -Missy- regalándole una cesta de huevos -que, por cierto, harán enfermar a la familia. Esta caracterización puede hacerse extensible al resto del vecindario, parte del cual asiste al servicio religioso para escuchar con atención y sumisión -excepto la del propio Sheldon, como podemos imaginar- los sermones de un pastor también histriónico, que parece más un vendedor ambulante que una persona genuinamente religiosa. Pero este episodio también tiene sus puntos fuertes: pone en relación al joven Sheldon con el adulto de The Big Bang Theory demostrando, por ejemplo, por qué este superdotado tiene miedo a conducir y a los hospitales, aspectos que están, además, relacionados en el episodio.

Y es que resulta que George Sr. tiene un infarto y tiene que ir al hospital. Los niños quedan entonces a cargo de su “nada convencional” abuela, que no hace ascos al consumo de alcohol -por emplear una lítote-, y que representa, en general, las antípodas de la híper-responsable madre de Sheldon. Los tres hermanos aprovechan el sueño espirituoso de Meemaw -papel realizado con maestría por Annie Potts- para quitarle las llaves de su coche e ir a visitar a su padre al hospital. George Jr., de 14 años, no deja en pie un solo cubo de basura a su -desastroso- paso hasta el hospital, de donde Sheldon deriva un miedo a la conducción que le perdura en The Big Bang Theory -a pesar de que iba protegido con casco, cojines y demás elementos amortiguadores. Aunque llegan a su destino -a la vez que su abuela, con lo que se libran de una buena regañuza- Sheldon vive allí otra experiencia traumática: ver a su padre conectado a las máquinas que tratan de salvarle la vida, lo que da sentido a su futura fobia a entrar en los hospitales. Tras esta experiencia, aparece una de las ocurrencias ingeniosas similares a las presentes en The Big Bang Theory que presenta de vez en cuando su precuela. Y es que, tras la impresión de ver a su padre en las citadas condiciones, Shedon entra en la capilla para rezar, pero, como le cuesta creer en Dios, dirige su oración a Blaise Pascal, que creía en Él, de modo que, si realmente existiera, pasara sus peticiones a Dios.

En resumen, creo que los tres episodios comentados hasta ahora nos van adentrando de forma efectiva en el mundillo originario del personaje de Sheldon. Para ello, se incluyen en el argumento elementos relacionados con datos y características del personaje adulto de The Big Bang Theory que le van dando sentido a la conexión entre ambas series. Aunque los rasgos de ambos programas son bien distintos, como venimos señalando en esta y la anterior entrada dedicada a The Young Sheldon, creo que los dos consiguen enganchar a la audiencia de forma efectiva, aunque la “adicción” a la nueva serie -así como algunas características definitorias suyas- esté aún un poco en ciernes, como la vida de su personaje principal. Dejémosla crecer a ver qué ocurre. Démosle una oportunidad.  

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