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Tiburón, cuarenta años después: Entre negativos y literatura

Quien más quien menos, todos hemos visto alguna vez Tiburón, el primer taquillazo veraniego que cambiaría el modelo del negocio para siempre al superar los 100 millones de dólares de recaudación. La película de Steven Spielberg marcó la pauta a la hora de vender las películas, pero también de iniciar el merchandaising, que años después mejoraría la saga Star Wars, a su alrededor: camisetas, vasos de plástico, juguetes, pósters, colgantes de dientes. Todo en virtud del escualo más famoso de 1975. Con el verano ya terminado vamos a recordar las principales diferencias entre la película y el libro.

El debate no termina jamás: ¿Es mejor el libro o la novela?

Está claro que si los productores hubieran querido adaptar la novela tal cual, probablemente no estaríamos hablando de una de las películas más famosas de todos los tiempos. Al menos eso dicen los expertos. Lo que sí resulta evidente es que de haber seguido al pie de la letra la obra de Peter Benchley, Tiburón habría sido un producto más estridente, igual de inquietante pero, seguramente, más polémico. En la versión de Steven Spielberg los personajes son más simpáticos y menos oscuros, empequeñecidos pobremente si los comparamos con sus homólogos literarios y eso que el mismísimo Peter Benchley reescribió el guion de la película hasta en tres ocasiones.

Brody contra el tiburón

Ellen Brody

Uno de los grandes cambios fue el asunto del adulterio entre Ellen Brody y Matt Hooper a petición del director. Sin lugar a dudas el personaje de Ellen es el principal perjudicado. La cinta desdibuja completamente al personaje femenino, simplificando toda su personalidad para terminar convirtiendo su papel en el de la simple esposa del protagonista. La Ellen del libro es una mujer con dudas, que proviene de un pasado más generoso, encarcelada en una vida mediocre al lado del jefe Brody. En la película, Lorraine Gary interpreta a la ama de casa, un personaje prácticamente inexistente cuando en realidad es el más interesante y gris de todos ellos. Por si esto fuera poco, el mejor capítulo del libro o al menos el más tenso, es cortado de cuajo en la película: una cena eterna donde saltan las chispas entre todos los asistentes. Un capítulo que nada tiene que ver con tiburones, pero si con las relaciones sentimentales que se han desatado desde que se cobrara su primera víctima.

Matt Hooper

Richard Dreyfuss da vida al famoso oceanógrafo en la película, otro de los principales damnificados de la novela. El Hooper literario no cae bien, es pedante y controla cada situación que se le presenta, además de presumir de su poderío físico. Por el contrario, su versión cinematográfica es más chistosa que atractiva, a veces vulgar y transmite más bien poca confianza. La tirantez con el jefe Brody, que se destilaba en cada página, aquí apenas se percibe. ¿Qué rasgos pues tienen en común la versión literaria y de celuloide? Su pasión por los tiburones.

EL TIBURÓN DESENCADENA LAS PASIONES

Peter Benchley usaba la presencia del gigantesco devorador de hombres para jugar con las relaciones personales, siempre a partir de su aparición. Una especie de causa y efecto, consecuencia de la caída de la primera ficha del gigantesco dominó. El tiburón aparece, mata, devora y se va y no es hasta las últimas páginas cuando podemos percibir aquellos rasgos que lo convertirían en un mito en nuestra cultura popular. Aunque no nos engañemos en algo donde Steven Spielberg tiene casi todo el mérito. Reminiscencia y homenaje a Moby Dick y un fantástico Robert Shaw como Quint son lo mejorcito de la película, vista ahora 40 años después, previa lectura de la novela.

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