Warning: mysqli_real_connect(): not found in /customers/1/a/4/rirca.es/httpd.www/wp-includes/class-wpdb.php on line 1987 El hombre es un lobo… : «As bestas» (Rodrigo Sorogoyen, 2022)

Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

El hombre es un lobo… : «As bestas» (Rodrigo Sorogoyen, 2022)

A lo largo del siglo XXI hemos podido comprobar un gran auge de nuevas voces en el cine español que han elevado la concepción tan denostada e infravalorada del mismo. Entre esas voces están dos de los guionistas más alabados tanto por la crítica, el público y la academia. Un dúo con un historial de obras envidiable, experto en retratar la cara más oscura del ser humano a través del lenguaje del séptimo arte: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen.

Con Stockholm (2013), Que Dios nos perdone (2016), El reino (2018) y Antidisturbios (Movistar+, 2020) nos dejaron claro que la idea de civilización y de ser humano civilizado (y asentado en las grandes ciudades) no es más que una construcción, una ilusión, endeble en constante peligro por la misma naturaleza autodestructiva del humano. En la urbe, el ser humano puede llegar a ser oscuro, cruel, violento y egoísta. El mal forma parte de la naturaleza de las personas tanto como el bien. El uno elimina al otro y solo nos quedamos con seres grises, contradictorios y difíciles.

El paisaje gallego emerge como algo sublime. Las montañas y los parajes son silenciosos espectadores de la naturaleza egoísta del ser humano.

En su nueva película, Sorogoyen y Peña nos llevan a lo más alejado de la ciudad. Nos llevan a la cordillera gallega para demostrarnos que el ser humano es igual esté donde esté, que nada puede frenar su instinto, su esencia caótica, egoísta y contradictoria, ni siquiera en un espacio tan alabado por los poetas de antaño. El beatus ille solo fue una ilusión. La maldad del ser humano está presente allá donde esté. Y así nos lo demuestran en As bestas.

Tras su estreno en el Festival de Cannes y su paso por varios festivales donde ha sido alabada y galardonada (como en el pasado Festival de Cine de Tokio), por fin ha llegado a nuestras salas la nueva obra de Rodrigo Sorogoyen. El director y su fiel y prodigiosa compañera guionista llevaban trabajando en el proyecto de As bestas durante más de seis años. Allá por el 2015 tenían el guion casi terminado. De hecho iba a ser su tercera película tras Que Dios nos perdone, pero, según cuentan ellos mismos, decidieron dejar de lado el proyecto con la idea de retomarlo cuando fuesen más maduros y pudiesen abordarlo con mayor perspectiva, conocimiento y experiencia.

Antoine y Olga intentan hacer frente a los obstáculos que se interponen entre ellos y su sueño.

As bestas nos cuenta la historia de Antoine y Olga, un matrimonio francés que vive asentado en una aldea sobre los montes de Galicia donde han comenzado una nueva vida vendiendo las hortalizas que cultivan en sus limitadas tierras. Lo que podría haber sido una sencilla y revitalizadora vida se convierte en una agonizante pesadilla. Las negativas del matrimonio por no ceder a la venta de sus tierras a una empresa de energía eólica despierta la cólera de Xan y Loren Anta, dos personajes de la España profunda que ven en la oferta de la empresa energética la oportunidad para salir del extenuante y sacrificado trabajo del campo al que llevan dedicándose más de treinta décadas sin descanso ni recompensa.

Antoine no pretende tolerar ninguna vejación por parte de los hermanos Anta, que se pasean por la aldea como reyes y jueces autoproclamados, con la violencia siempre como mediadora de todo conflicto. Ante el silencio de los demás vecinos y el caso omiso de las autoridades, decide filmar todos los encuentros y enfrentamientos con una cámara digital: un elemento fundamental en el desarrollo de la trama. Pero realmente en los filmes de Sorogoyen no existe una trama única. As bestas, además de ser un crudo y tenso retrato de lo que está dispuesto hacer el ser humano por sobrevivir, es también un relato de tiempo extremadamente pausado y dilatado sobre el letargo de la vida, el duelo, la xenofobia y la complejidad de las relaciones maternofiliales.

Antoine intenta entrar en razón a Xan y Loren Anta. La luz tiñe parcialmente sus rostros, como si se tratase de una pintura de Rembrandt.

Sorogoyen y Peña exploran el alma humana con la precisión de un cirujano que no teme adentrarse con fascinación en las heridas más profundas de España y del ser humano. Es esa misma fascinación lo que les impulsa a indagar en los porqués que mueven a las personas a cometer ciertas acciones. Al final acaban realizando un retrato minucioso del ser humano, como si se tratara de un estudio sociológico y antropológico. 

El personaje de Xan Anta, encarnado por un soberbio Luis Zahera, es egoísta y maquiavélico. Es inteligente, mucho, y encarna en su discurso la tradición xenófoba más antigua y atávica que posé nuestra historia y cultura. Xan no nombra por casualidad a Amadeo de Saboya ni a Napoleón cuando discute con sus vecinos en el bar sobre cuestiones tan universales y difíciles como el castigo o la superioridad moral. Ambas figuras históricas encarnan el miedo y rechazo por el extranjero. Amadeo I de España -venido desde Italia- reinó tan solo dos años antes de que se instaurara la Primera República. Huyó, entre otros motivos, por el rechazo de los españoles ante un monarca extranjero. Napoleón Bonaparte intentó tomar España en 1802, pero las guerrillas españolas se lo impidieron y acabaron echando al emperador francés y a su hermano -el famoso apodado «Pepe botella»- del país.

La cólera de los hermanos Anta llegará hasta límites insospechados.

A pesar de llevar al límite al matrimonio francés, el discurso de Xan, en un momento climático del film, llega a ser de cierta manera enternecedor. Busca huir de una vida que no le ha dado más que desgracias a él, a su hermano y a su madre. Cuando alaban la maestría de su padre en cuanto al trabajo del campo, Xan responde que su padre nunca fue una buena persona. En el fondo, Xan es una víctima más de los intereses de la gente que abusa de su poder y estatus social. Pero claro, sus actos, no son nobles y por mucho que podamos entender por qué desea vender sus tierras y empezar una nueva vida, se deja llevar por su resentimiento y egoísmo.

Denis Menochet y Marina Foïs nos dan dos interpretaciones soberbias. Dan vida a un matrimonio enternecedor, curtido por los años, que ha decidido dedicar el resto de sus vidas al campo. Era el sueño de Antoine. Olga decidió seguirle, dejando atrás una Francia llena de amigos, una Francia donde también vive su hija y su nieto. El trabajo del campo es duro, pero placentero. Además sueñan con reconstruir las casas de la aldea para que nuevas personas decidan vivir ahí y repoblar la zona. Aunque sus deseos se verán truncados por los constantes ataques de los hermanos Anta. Antoine se arma con una cámara, algo que Olga no ve con buenos ojos. Ella prefiere no avivar el fuego, aunque el temor por sus vidas va creciendo a medida que transcurre el film. Al final de la película entendemos que la cámara era todo un mcguffin hitchockiano (un elemento que parece tener un peso relevante, pero que al final parece no ser de utilidad), aunque quizá esa afirmación sería erronea; depende de como se mire. Pues si para algo sirve la cámara es para registrar y tener un «testigo» de la feliz vida del matrimonio y del amor que se profesaban el uno al otro.

El personaje de Olga es uno de los más interesantes del film.

Sorogoyen vuelve a unirse a su troupe, que se adapta a la perfección a esta historia tan lejana de aquella Madrid sobrepoblada y violenta de Que Dios nos perdone o Antidisturbios que, con maestría, fotografiaba Álex de Pablo. Del mismo modo nos alejamos de aquella música electrónica de Olivier Larson que acompasaba la ansiedad del protagonista de El Reino con la de los espectadores. Ahora son bosques, campos y espacios interiores iluminados con poca luz, consiguiendo composiciones tenebres propias de la pintura barroca, acompañadas de instrumentos de viento, cuerda y percusión.

La fotografía es prodigiosa tanto en los exteriores como los interiores, pero no busca resaltar por encima de la historia. Aun así destaca el manejo de la cámara, que ayuda a definir el carácter violento y la tensión espasmódica de los personajes masculinos (retratados con una cámara que no deja de moverse) mientras que a la hora de encuadrar a los personajes femeninos la cámara respeta la quietud y el silencio de los mismos personajes, que acaban deviniendo en los verdaderos protagonistas del film.

La cámara digital parece ser la pieza clave para defenderse. Su uso genera un interesante discurso sobre la era digital y la cámara como un arma contra las injusticias.

Del mismo modo, el montaje consigue dilatar el suspense durante todo el film. En las escenas de mayor tensión, cuando sucede un enfrentamiento, el montador corta la secuencia antes de ofrecer ninguna resolución: decisión que no hace más que alargar la angustia del espectador.

En esta creciente ola de cine rural español es difícil no pensar en uno de los hitos de este año: Alcarràs (2022), de la prodigiosa Carla Simon. (Clip) También no podíamos olvidar una película como O que arde (2019) de Oliver Laxe, que, además de compartir escenario con la de Sorogoyen, supone un arduo retrato de la condición humana. Aunque en este retrato sobre los límites de nuestra sociedad y los conflictos que suceden en ella también advertimos ecos de Perros de Paja (1971) de Sam Peckinpah y del más puro cine bergmaniano.

Sea como sea As bestas supone una innovadora aproximación al género que cumple con creces las altas expectativas. Sin duda, del cine de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña se hablará durante años y años. 

 

 

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