Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Espectros, recuerdos y muchos interrogantes: «The Haunting of Bly Manor» (Netflix, 2020)

Una de las tendencias del cine y parte de la ficción televisiva contemporánea se centra en la vuelta a referentes icónicos del género del terror en una especie de conexión, habitualmente generacional, con estéticas consideradas clásicas. Dentro de esta tendencia se incluye el director estadounidense Mike Flanagan cuyo trabajo refuerza el género del terror por el regreso a sus raíces. Un hecho remarcado por el propio Flanagan quien comenta siempre sus dos coordenadas esenciales: la experimentación estética y sus constantes temáticas centradas en la familia como generadora del horror donde lo espectral juega un papel esencial. Así lo planteará Flanagan en su producción: Ghosts of Hamilton Street (2003), Absentia (2011), Oculus (2013), Hush (2013), Before I wake up (2016), Ouija: Origin of Evil (2016), Gerald’s Game (2017) y Doctor Sleep (2019). De entre todas ellas debe destacarse la miniserie The Haunting of Hill House (Netflix, 2018) donde despliega y extiende como es lógico los leit motivs esenciales del género del terror a través de un argumento artesanal donde los personajes/la familia sacan a la luz sus fantasmas personales desdibujando la separación entre la realidad y el sueño.

Así, toda la producción de Flanagan muestra la cara oculta —nunca mejor dicho— de la naturaleza humana cuando se enfrenta a situaciones extremas personales o a situaciones no cotidianas en las que se rompe la idea cultural de la estabilidad doméstica, donde el hogar (y la familia) ya no es un lugar tan seguro o tan idílico. Este va a ser el punto de partida conceptual de la segunda entrega de la antología que Netflix encarga al director: The Haunting of Bly Manor, basada en la novela de Henry James The turn of the Screw publicada en 1898. Una segunda entrega estrenada el 9 de octubre. Y una segunda entrega que, como en muchas de las producciones de Flanagan, tiene una base literaria no tanto como adaptación sino como apropiación de sus materiales.

Miles y Flora Wingrave son los ejes centrales de la historia

The Haunting of Bly Manor se inicia en la celebración de despedida de la soltería de una pareja el día previo a su boda. Por la noche, una parte de los invitados se reúne ante la chimenea para escuchar, como en otros tiempos, la narración de historias de fantasmas. Así, una de las invitadas (Carla Gugino) inicia el relato de los acontecimientos sucedidos en la mansión inglesa de Bly Manor a finales de los años ochenta casi veinte años atrás cuando la institutriz americana Dani Clayton (Victoria Pedretti) es contratada por Henry Wingrave (Henry Thomas) para hacerse cargo de sus sobrinos Miles (Benjamin Evan Ainsworth) y Flora (Amelia Bea Smith) cuyos padres han fallecido recientemente. La aparentemente plácida estancia en la mansión se ve enturbiada por la intervención de presencias espectrales.

Incorporada dentro de los esquemas del Real State Horror como también sucede en The Haunting of Hill House, el espectador se sumerge en el entorno de la acción, una mansión que es un contenedor de lo fantasmagórico mostrando de manera muy acertada y hábil cómo un espacio diseñado como un cliché del género —de hecho, no difiere excesivamente del presentado en la primera entrega de la antología— conduce a los personajes a través de una estructura laberíntica. De este modo, Bly Manor va a convertirse en un narrador más de la historia de Dani y los niños y también de la presentación del resto de personajes que intervienen en la acción: el cocinero Owen (Rahul Kohli), el ama de llaves Hannah Grose(T’Nia Miller) y la jardinera Jamie (Amelia Eve) en el presente y a Peter Quint (Oliver Jackson- Cohen) y la institutriz Rebecca Jessel (Tahirah Sharif) en el pasado. Un espacio, sin embargo, que no ejerce como reflejo de los miedos de los personajes, bien al contrario, va a ser eminentemente funcional siendo el marco de hipotéticos jump scare o incomodidades para el espectador en los más elementales esquemas del género. Lo mismo sucede con su réplica en miniatura que va a tener Flora en su habitación en un planteamiento dramático muy alejado del mismo recurso en otro de los grandes productos del terror contemporáneo, Hereditary de Ari Aster (2018). Si bien lo intuido y lo oculto resultan esenciales en The Haunting of Bly Manor —incluídos esos fantasmas desperdigados por los rincones  o reflejados en espejos como en Hill House— se aprecia un cierto desorden informativo que roza la reiteración.

Flora ante la miniatura de Bly Manor

De este modo, el espacio es el marco en el que deambularán los personajes del presente y las actualizaciones del pasado. Un espacio creado por Patricio M. Farrell, autor también de Hill House, que remarca la nostalgia (la cocina), lo escondido  (el jardín) y misterioso (el sótano y la buhardilla), lo íntimo (las habitaciones), la muerte y el duelo (la habitación de los Wingrave) o la difuminación de los personajes (los pasillos y la galería de retratos). Un espacio conocido en su totalidad por la hermética y más que interesante Hannah que conoce todo lo que sucede/ha sucedido en la casa convirtiéndose en una parte casi simbiótica e imprescindible del espacio como vemos en el magnífico episodio 5, The Altar of the Dead donde se remarca la capilla como el espacio esencial no solo del culto a los muertos sino a su recuerdo. A todo ello contribuye la fotografía de Maxime Alexandre y James Kniest y el montaje de Mike Flanagan siguiendo unos esquemas menos innovadores que en otras producciones del cineasta pero que cumplen con la premisa de narrar visualmente una historia de fantasmas.

La utilización del espacio y la fotografía marcan el tono «canónico» de la historia de fantasmas

Así, a lo largo de los nueve episodios de la temporada, The Haunting of Bly Manor ofrece un relato centrado en el recuerdo como elemento esencial para la pervivencia de los muertos o su total desaparición. Sin embargo, frente a la multiplicidad de los puntos de vista frente a un hecho aglutinador como es la muerte de Nell en The Haunting of Hill House —a la que debemos remitirnos no como comparación sino como referencia de escritura artesanal— Bly Manor ofrece un único punto de vista al que se ajustan los personajes que intervienen en la trama. Y es que, si bien cada episodio plantea los backstories de uno (o dos como máximo) de los personajes, la narración no es fragmentaria sino un remedo de mind game que sirve para reconstruir los posibles acontecimientos en la mansión. Veremos, pues, que Dani es una persona con un pasado traumático que sufre de ataques de ansiedad y que tiene una especial manía a los espejos. También que Miles y Flora sufren cambios de comportamiento relacionados no tanto con la muerte de sus padres como por la interferencia de otros seres que pululan/habitan en la mansión. Contemplaremos la particular relación amistosa-sentimental-intelectual entre el cocinero Owen y Hannah. Y también nos enteraremos de la turbulenta historia de los hermanos Wingrave que incide en la relación de Henry con sus sobrinos Miles y Flora. Todo ello para llegar a uno de los elementos esenciales del argumento: el backstory de Bly Manor encarnada en la Dama del Lago (Kate Siegel) cuya historia es narrada en blanco y negro —episodio 8, The Romance of Certain Old Clothes— y que supone la escenificación de un relato gótico-romántico con entidad propia. En definitiva, un relato dentro del relato dentro del relato.

La historia de Bly Manor se construye a partir de la historia de las hermanas Viola y Perdita

Justamente la narración como fórmula literaria es un aspecto excesivamente reiterado en The Haunting of Bly Manor rompiendo el ritmo de la serie y anulando en muchas ocasiones su esencia como ficción de terror o de lo fantástico a la que se presuponen elementos que implican la participación sensorial y visceral de las audiencias, un horror sensorium. La voz en off de la narradora, lejos de dar coherencia a la historia, avanza posicionamientos que deberían ser mostrados y, por tanto, descubiertos por el espectador; los niños Miles y Flora llevarán a cabo una representación teatral en la que clarificarán (o todo lo contrario) su estado anímico frente a sus particulares y escasamente desarrolladas backstories; y, finalmente, los habitantes de la casa se trasladarán de manera incomprensible al jardín de la mansión tras la cena para contar( o no) al calor de una hoguera sus historias personales. Una narración que alcanza a los personajes que, si bien tienen historias personales más que interesantes, dejan más interrogantes que respuestas en el espectador. Muchas de ellas acaban precipitadamente (Dani), otras se plantean muy tarde aunque de manera fascinante (Henry Wingrave), otras se repiten machaconamente (Peter y Rebecca) y todas ellas parecen no incidir lo suficiente en los dos protagonistas de Bly Manor, Flora y Miles, que parecen desdibujarse también como los retratos de los inquietantes títulos de crédito. Una escritura difusa y repetitiva que ha provocado que parte de la crítica opinara que The Haunting of Bly Manor debería haber sido o bien una película o bien una miniserie de tres capítulos. Una apreciación que compartimos totalmente.

El trabajo de Benjamin Evan Ainsworth (Miles) es, sin duda, toda una revelación

A pesar de todo ello, The Haunting of Bly Manor es una buena serie que ha sido etiquetada de manera errónea como de secuela de su predecesora The Haunting of Hill House. Es cierto que el listón estaba más que alto para esta segunda entrega pero no se puede negar que toda la antología sigue siendo una muestra de algunos de los temas recurrentes y de la estética de Mike Flanagan a los que no es ajena ni la configuración de un elenco de actores y actrices también recurrentes que indican un planteamiento cercano a la autoría ni a su riesgo en la apropiación de contenidos literarios. Quizá se eche en falta una mayor presencia de Flanagan en la escritura y en la dirección de la serie aunque esto no resta mérito ni a los guionistas ni a los directores de The Haunting of Bly Manor. Quizá también podemos aplicar a esta segunda entrega la frase que daba título a nuestro post sobre Blade Runner 2049: los espectadores tenemos la (muchas veces) mala costumbre de comparar.

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