Carta de amor a Wonder Woman

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En línea con otras publicaciones recientes sobre series y productos transmedia de actualidad, la editorial Errata Naturae sacó al mercado en junio de este año el título Wonder Woman. El feminismo como superpoder, firmado por la periodista e investigadora Elisa McCausland. Al llegar a las librerías apenas un mes después del estreno de la película Wonder Woman dirigida por Patty Jenkins, el volumen ha podido aprovechar la estela del éxito de esta y al mismo tiempo retroalimentar el fenómeno de culto a la superheroína, en un ejercicio interesante de feedback que va de lo comercial a lo académico, pasando por lo divulgativo, y vuelta atrás.

Estéticamente, el libro de McCausland es un acierto, como casi todos los de Errata Naturae. Bien presentado, manejable, con un texto limpio y una portada colorida e impactante, llama la atención y no defrauda a quien sigue disfrutando de la lectura en papel. Desde el punto de vista académico –también como otros títulos de la misma editorial– el trabajo es serio y riguroso sin ser críptico, y presenta y defiende sus tesis con apoyo teórico sin por ello ser menos claro o interesante para el público general. Políticamente, es un ejercicio de reivindicación valiente y sin tapujos que desde el título exige para Wonder Woman una etiqueta –la de feminista– que el filme de Jenkins ha hecho inestable con algunas de sus elecciones, como se ha podido leer en este mismo blog.

El texto se organiza en nueve capítulos autónomos, precedidos por un muy personal prólogo de la propia autora y un epílogo que vuelve sin reservas sobre la idea del feminismo de Wonder Woman. A lo largo de sus 302 páginas se repasa desde la historia del cómic como género popular hasta las realizaciones específicas de la superheroína que nos ocupa en este tipo de publicaciones, pero también en el cine, en el arte o en procesos transmedia que han movido a la Mujer Maravilla como significante en diferentes direcciones.

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Su resonancia popular la hace merecedora en junio de 1942 de su propia cabecera mensual, ‘Wonder Woman’, publicada desde entonces hasta hoy con una sola interrupción reseñable (1985-6) 

El primer capítulo, “A propósito de Wonder Woman”, resume la importancia que la autora le da al cómic como artefacto cultural, y al personaje creado por William Moulton Marston en 1941 como “bomba simbólica” (18). Situando a la Mujer Maravilla en el marco de la Edad Dorada del Cómic, repasa su origen mítico, su codificación como icono patriótico estadounidense, su relación con otras mujeres en las historias que protagoniza (colaboradoras, antagonistas), su labor pedagógica y, lo que para mí es más relevante a la hora de situar al personaje como feminista: el contexto sociocultural de su nacimiento y las ideas que el creador y sus colaboradoras (Elizabeth Holloway y Olive Byrne) reconocieron tener sobre y para ella. Sin negar el elemento propagandístico, Marston confesó en una carta que había concebido a su superheroína como “el nuevo tipo de mujer que debería […] dominar el mundo”,  y que para ello le había concedido “ese poder dominante, pero [preservando] en ella lo amoroso, lo tierno, lo maternal y lo femenino” (43).

Partiendo de lo que Elisa McCausland entiende como el hecho innegable del feminismo de la Princesa Diana/Wonder Woman, el capítulo segundo establece conexiones explícitas entre el personaje y la primera ola del movimiento por la liberación femenina en el mundo anglosajón. Bajo el título “De sufragistas, superheroínas y feminismo amazónico”, la autora analiza de forma crítica los ecos del movimiento por el voto femenino sobre los cómics, y el poder de éstos para alimentar el impulso de independencia de las lectoras de aquel momento. Y especialmente interesante es que lo haga sin dejar de lado las paradojas, las contradicciones y la estrecha relación entre cultura popular, ideología y mercado capitalista. Apoyándose en la historia y la mitología, McCausland revisa las múltiples significaciones del término amazona en la primera mitad del siglo XX y los hitos del feminismo temprano como decorado frente al que se recorta la silueta de Wonder Woman en su génesis… elementos de bondage incluidos. La heroína que se dibuja en estas páginas tiene el superpoder de identificar los mecanismos del sistema patriarcal y de sumergirse en él para dinamitarlo desde dentro.

“Robert Kanigher, el comics code y la edad de plata” arranca con el recordatorio de que si la Edad de Oro de Wonder Woman implicaba pedagogía y compromiso a través, no solo del cómic en sí, sino de los cuadernillos sobre las conquistas femeninas en el mundo real incluidos en cada número, la fase del personaje iniciada tras la muerte de William Moulton Marston estuvo marcada por la regresión, siendo el cuadernillo feminista The Wonder Women of History sustituido por Marriage à la mode; todo un símbolo de los derroteros por los que circularía la Mujer Maravilla entre 1947 y 1968. Así, este capítulo comenta la reacción (en el sentido Faludiano del término) contra los cómics y contra Wonder Woman en aquellas dos décadas, durante las que, nos cuenta McCausland, la heroína llegó a ser relegada a papel de secretaria de la Sociedad de la Justicia de América. El conservadurismo de los años cincuenta –autocensura incluida– y la mano de Robert Kanigher sumaron fuerzas hasta casi acabar con la figura empoderada de la princesa Diana.

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Número 90 de ‘Wonder Woman’, mayo de 1957. De lo (super)heroico a lo (extrañamente) doméstico 

Fue el feminismo sesentayochista el que rescató a Wonder Woman para las filas de la igualdad, haciendo de ella icono del movimiento al elegirla como protagonista de la portada del primer número de la fundamental revista Ms. en 1972. A este renacimiento se dedica el capítulo cuarto del libro, focalizado en los años setenta y en la reconceptualización de Diana como humana mortal que debe reinventarse para luchar contra el patriarcado y sus injusticias siendo una chica en un mundo de hombres. Es interesante cómo la autora aplica aquí las teorías de Laura Mulvey sobre las miradas en el cine clásico al cómic de la época. Sorprende, por otro lado, que elija el término hermandad para el fenómeno de solidaridad entre mujeres que sitúa en la base del movimiento de liberación femenina, en lugar de optar por el más claramente feminista sororidad. En todo caso, esta decisión no desvirtúa su acierto de, una vez más, contextualizar muy correctamente su análisis en la sociedad y la cultura del momento, siempre desde la perspectiva de género y trayéndolo hasta nuestro tiempo con argumentos más que relevantes; los suyos propios y los de expertas y activistas a las que entrevista (ej. Joanne Edgar, Trina Robbins).

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“Wonder Woman simboliza muchos de los valores de la Cultura de las Mujeres que las feministas estamos intentando  introducir en el ‘mainstream’.” (Gloria Steinem en 1972)

Si todo el libro es un repaso del viaje de Wonder Woman como heroína desde los años cuarenta hasta hoy, el capítulo quinto es el más detallado en la disección de su evolución de los setenta al cambio de siglo… al menos a partir de la página 155. Se apoya –como no podía ser de otra forma, dado el tema– en el trabajo de Joseph Campbell, y es el apartado más largo y quizá el que más ejemplos aporta, llegando a veces a confundir por la acumulación de títulos, nombres, fechas y números. En sus primeros epígrafes hay más cantidad que profundidad, y más foco en la industria y sus entresijos que en el personaje per se. También se modifica el registro, que pasa a ser más informal y menos académico, y el rigor sostenido de las secciones anteriores se difumina parcialmente. Esto cambia con la prometedora exposición teórica de las páginas 152 a 155, que pasa a ser praxis en los subapartados siguientes, redimiendo al capítulo en su conjunto, en el que termina dominando la revisión de la reescritura del mito.

El capítulo seis entra de lleno en lo que llevamos de siglo XXI, con el 11-S como punto de inflexión en el desarrollo de los textos sobre superhéroes, y alcanzando incluso la Administración Trump. Se habla de la mutación de Wonder Woman en personaje híbrido para una nueva era, y se activan términos controvertidos pero muy de moda como posverdad. Entre otros autores, McCausland se fija especialmente en Greg Rucka, a quien entrevista, y cuya contribución a la saga de la Mujer Maravilla se incrusta en un tiempo de incertidumbres y guerra continuada. Al mito y sus variaciones –que añaden en fechas recientes un elemento queer explícito– se incorpora el debate sobre los medios de comunicación, y la búsqueda de la verdad por parte de la princesa Diana se enmarca en un momento de significados resbaladizos y trampas dialécticas que desembocan en la llamada posverdad.

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“Llegó como un personaje diseñado para enseñar, no para luchar, que se presenta al mundo como una maestra cuya misión radica en liderar a través del ejemplo.” (Greg Rucka)

El repaso histórico se completa con “Una superheroína para el nuevo milenio”, donde la responsable del volumen vuelve sobre el concepto de reacción para dibujar un panorama poco alentador para Wonder Woman y sus congéneres. El feminicidio que está acabando con miles de mujeres reales a nivel global parece haber llegado al universo de la Mujer Maravilla, y según McCausland las amazonas no escapan de él. Tampoco se libra la heroína de la ubicuidad del amor romántico heteronormativo como elemento narrativo casi obligatorio ni de los tintes postfeministas de la cultura de masas actual, algo sobre lo que hemos escrito ya en este blog. De estos males parece escapar solo temporalmente durante la fase en la que Gail Simone lideró la escritura de los cómics de su saga, construyendo “un relato donde lo personal y lo político van de la mano, poniendo en el centro a las mujeres y haciendo de sus relaciones algo significativo” (229). Y la puerta a la esperanza la deja abierta la autora al cerrar el capítulo con su presentación de y entrevista a Renae De Liz, quien parece estar intentando actualizar el mito recuperando su potencial feminista originario –si bien no parece estar encontrando mucho apoyo por parte de la empresa que posee los derechos sobre el personaje.

El periplo de Wonder Woman nos lleva más allá del cómic en el capítulo octavo, que toca “otros medios” y “otros mundos” (255). Volviendo a los años sesenta y setenta, McCausland nos recuerda aquí los primeros intentos de traspasar las aventuras de la Mujer Maravilla a la televisión, y nos descubre un fallido intento de serie en fechas relativamente recientes (2011) que no llegó a ver la luz. También apunta la autora a la presencia anecdótica del personaje en videojuegos de éxito y películas de animación, y deja para más adelante el análisis del exitoso filme de Patty Jenkins, que debió estrenarse cuando el libro ya estaba en imprenta. Nos acerca igualmente al arte contemporáneo y sus representaciones de la princesa Diana, desde la cerámica hasta la pintura, pasando por la videocreación.

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Wonder Woman en el ‘Fresco de Mujeres Fatales’ del artista islandés Erró (Sérignan, Francia)

Consciente de que era imposible abarcar todas las narrativas, reescrituras y versiones de Wonder Woman en un solo libro de dimensiones razonables, Elisa McCausland decide rematar su propuesta con una selección de otras aventuras que considera relevantes y complementarias a las “fundamentales” que abordan sus capítulos anteriores. De esta manera, el noveno es un collage de mini-reseñas que cumplen la función de “ampliar la perspectiva sobre una superheroína […] tan poliédrica como cabría esperar después de setenta y cinco años de publicación” (271). Sin dejar de ser crítica y de tener cierto interés (probablemente sobre todo para l@s fans), esta sección hace poco más que demostrar el extenso conocimiento que la autora tiene del universo de la Mujer Maravilla en todas sus manifestaciones; algo que ya no era necesario habiendo leído sus interesantes reflexiones de las más de doscientas páginas precedentes. Con todo, el volumen llega sin decaer al final de un viaje que en su epílogo no hace más que volver a los inicios, como se apuntaba líneas atrás: la convicción de su autora de que Wonder Woman nació como icono feminista y puede volver a serlo; de que es un personaje de carácter mítico que ha sido relevante para varias generaciones y puede continuar siéndolo; de que sus últimas apariciones hacen presagiar que “parece haber llegado para quedarse” (285). Sus derivas conservadoras, las reacciones contra ella y las manipulaciones que de su figura se han hecho desde diferentes lugares no desaniman a Elisa McCausland, cuyo entusiasmo por la Mujer Maravilla podría contagiarse con éxito gracias a este libro.

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