RIRCA

Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

«Spectre», el desigual cierre del ciclo Daniel Craig-James Bond.

Esperaba ansiosamente (en el sentido literal) la nueva película de James Bond. La combinación de talentos de la anterior entrega, Skyfall (2012) en la que Sam Mendes se hacía cargo de la dirección de un guión elaborado por John Logan, uno de mis guionistas favoritos tal como expliqué en un anterior post, y con  dirección de fotografía de Roger Deakins, había dejado el listón muy alto, altísimo para ser más exactos.

La historia de un Bond recuperado de los infiernos, en una forma física deprimente, incapaz de superar una prueba de esfuerzo que lo apartaría definitivamente del «programa 00» del MI6 si no llega a ser porque su superior M. falsea los resultados, enfrentado a un villano más que retorcido y caprichoso (encarnado por Javier Bardem quien guarda un parecido más que razonable con Buddy Pine/Síndrome de Los Increíbles) con el que se enfrentará en su villa natal de Skyfall donde se enfrentará también a su pasado, no sólo era magistral en cuanto a la presentación de un agente secreto postmoderno sino especialmente porque rompía todos los esquemas arquetípicos de Bond como subgénero propio del thriller.

Ni que decir tiene que los seguidores del agente se pusieron en pie de guerra cuando vieron semejante sacrilegio (ya lo habían hecho al ser elegido en 2005 Daniel Craig como nuevo Bond, un Bond rubio y tosco!!!) después de ver desfilar a cinco caballeros británicos -y uno escocés como el mismo Bond- interpretando a este personaje desde 1962: Sean Connery en cuatro ocasiones (1962-1971 y 1983), George Lazenby en un solo film (1969), Roger Moore con siete películas (1973-1985), Timothy Dalton con dos títulos (1987-1989) y, finalmente, Pierce Brosnan con cuatro entregas (1995-2002). Así, estaba servido el repulsivo a un agente secreto prácticamente monolítico con una gran facilidad y rapidez de seducción, rodeado de espectaculares y sensuales mujeres y protagonizando  las más inverosímiles  persecuciones en  medios de transporte sofisticados e ingeniosos de las que sale sin un rasguño.

Y justamente esto es lo que vemos en Spectre: una sucesión de los tópicos que han definido a lo largo de estos años la filmografía del agente con licencia para matar.

Magistral secuencia en México D.F al inicio del film

Desde la magistral secuencia de la película situada en México D.F en la festividad del Día de los Muertos, filmada en un espectacular plano secuencia, con un desarrollo argumental calcado de los planteamientos de los videojuegos de plataformas -ya utilizado en Casino Royale dirigida por Martin Campbell- y pronosticando una trama con elementos muy prometedores, el argumento de la película se irá difuminando gradualmente de manera que las expectativas dramáticas planteadas se dejarán perder de manera un tanto estrepitosa.

La primera de ellas es el reencuentro de Bond con su pasado más inmediato , es decir Skyfall. La entrega que la fiel Moneypenny hará de los restos encontrados en Skyfall abrirá la línea argumental centrada en el villano; un villano que desde el primer momento en que aparece el teaser oficial de la película sabemos que mantiene un parentesco con Bond. Un villano muy poco carismático encarnado por Christoph Waltz  (y lo sentimos porque Waltz es un estupendísimo actor) del que no se ha sabido crear un arco/personalidad arrolladora y que pasará de ser configurado como el maestre supremo y siniestro de la logia Spectre a definirse como un ser celoso que ha dedicado toda su vida a provocar el dolor en nuestro agente. Bueno, en realidad, al agente encarnado por Daniel Craig-Bond. Porque si algo caracteriza al ciclo de Craig es la construcción de un héroe postmoderno que se enfrenta -si bien de manera desigual- a su pasado: su relación con Vesper Lynd en Casino Royale, la venganza por su muerte en Quantum of Solace (dirigida por Marc Foster), el reencuentro con su pasado en Skyfall y el hipotético reencuentro también con los fantasmas de su vida en Spectre.

Christopher Waltz como Franz Obehauer Blofeld

Si bien es cierto que existe una trama personal del personaje de Bond respecto del villano que servirá de enlace con la trama central de la historia, el engranaje de ambas resulta un tanto descompensado e incluso arrítmico.

Spectre es una organización con múltiples tentáculos que pretende implantar un sistema de control mundial basado en la incesante monitorización de la población. La actualización frente a la organización en Operación Trueno y el resto de películas de la década de los sesenta desarrolladas en los momentos de la Guerra Fría y centradas en la amenaza nuclear es más que evidente (incluyendo la aparición del gato persa blanco del globalizado Blofeld). Sin embargo, esta actualización temática, reiterada en producciones cinematográficas y televisivas actuales  es tratada de manera extraordinariamente superficial y tópica con pocas o nulas aportaciones al respecto, además de ser desplegada quizá excesivamente tarde a lo largo del film. La lucha entre el antiguo espionaje -encarnado por el díscolo Bond y defendido por M- y el nuevo modo corporativo y falto de escrúpulos -encarnado por C- bien hubiera merecido una estructura paralela o un mayor peso en una trama que se centra de manera casi exclusiva en los constantes desplazamientos de 007 en busca de un villano sin tener muy claro el motor de su búqueda.

La única interpretación posible a esta arritmia pudiera ser la voluntad de Spectre de recuperar los esquemas del género allanando -o no condicionando-   las entregas posteriores de la misma.

Léa Seydoux como Madeleine Swann (¿quizá Proust?)

Pero de entre todos los tópicos recuperados, uno llama poderosamente la atención: el de las chicas Bond. Si el actor que encarna a Bond marca cada uno de los ciclos del agente secreto con licencia para matar (asesino institucional con todas las letras en el ciclo Craig), las chicas que lo acompañan se verán implicadas en estos cambios. Frente a las seductoras, inteligentes y maquiavélicas mujeres de las primeras entregas que sirven de apoyo logístico  -independientemente de los momentos sexuales que protagonizan- al agente del MI6, se estableció un modelo de chica Bond esencialmente ornamental y diseñado como sinónimo de cuerpos espectaculares  que no tienen ningún tipo de incidencia en la vida personal del agente.

Sin duda alguna la recuperación de Vesper Lynd (interpretada por nuestra más que adorada Eva Green) en el reboot de Casino Royale significó la vuelta  a la idea primigenia del escritor Ian Fleming en su concepción de una agente inflitrada en el seguimiento de un caso al que se adhiere el agente con el que establecerá una relación sentimental paulatina y duradera; un personaje definido con una dureza de acción pero con una extrema fragilidad personal que contagiará al personaje masculino. El espectro de Vesper será esencial para el «ciclo Craig» condicionando no sólo sus acciones sino esencialmente su manera de enfrentarse a las mismas y, por tanto, ofreciendo una perspectiva íntima de James Bond.  De nuevo Spectre romperá esta más que interesante perspectiva dibujando un personaje femenino que simplemente acompaña a Bond en un más que rápido encuentro del tiempo perdido tras la muerte de Lynd, rompiendo también la configuración de un más que interesante Bond atormentado. 

Por todo ello y a pesar de la espectacularidad del film y de la presencia de algunos de mis actores intocables como Ralph Fiennes y Rory Kinnear, Spectre es un final demasiado convencional y fácil para este Bond postmoderno que ha sido ampliamente contestado incluso por actores-bond como Roger Moore quien opinaba, tras ver Quantum of Solace, que el personaje era excesivamente frío y sin sentido del humor además de desarrollar argumentos extraordinariamente violentos. Sin embargo, si Spectre es una reconciliación con los tópicos del agente para no hipotecar el próximo ciclo que ya se debate en las redes sociales, debemos reconocer que este cierre es, indudablemente, un ejercicio de honestidad por parte de Sam Mendes.

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