Representación, Ideología y Recepción en la Cultura Audiovisual

Una carta de amor. «La metamorfosis de los pájaros» (Catarina Vasconcelos, 2020)

«Cuando no puedes recordar, inventa». Este es el consejo que Catarina Vasconcelos transmite en «La metamorfosis de los pájaros», el largometraje debut de la escritora y directora portuguesa, que llega para llenar un vacío mediante los recuerdos con verdad y ficción y así recuperar las vidas que hemos perdido. Hibridando el ensayo y el documental poéticos, esta es una producción íntima y hermosa en la que retrata con maestría la historia de su familia, en el transcurso de tres generaciones, brindándonos un relato poético confeccionado por bellas metáforas verbales y audiovisuales sobre el amor y el duelo. 

Vemos a la propia directora hacer un uso revelador de los espejos

La madre de Catarina falleció cuando ella apenas había cumplido 17 años. Su pérdida la acercó a su padre, Jacinto, cuya madre, Beatriz, había fallecido a los 57 años tras criar a seis hijos mientras su marido Henrique, un oficial naval, permanecía en el mar durante largos periodos. Es a través del recuerdo de estas madres que padre e hija rememoran a través del tiempo vivencias a las que nos acercan mediante bellas imágenes acompañadas de voz en off a veces en primera persona, a veces en tercera.

Henrique (interpretado en diferentes edades por José Manuel Mendes y João Pedro Mamede) se ausentaba la mayor parte del tiempo, tanto, que se encontraba en el mar durante el nacimiento de cada uno de los seis hijos que tuvo con Beatriz, o también llamada ‘Triz’, (a quien da voz Cláudia Varejão y es interpretada en la pantalla por Ana Vasconcelos). Ambos llaman a su primer hijo Jacinto, un nombre «arraigado a la tierra», epíteto al que se le sumarán una cadena de asociaciones empleadas para describir a los personajes y sus relaciones con el mundo y entre sí. 

Beatriz se identifica con los árboles y con la verticalidad, tema que llega a su apogeo al final de la película, concretamente, en una secuencia magnífica en la que se colocan diversos espejos en el bosque que distorsionan el paisaje, creando imágenes trampantojo, estirando los troncos de los árboles. La sirvienta de la familia, Zulmira, se identifica con los pájaros hasta el grado de aparecer, en una de las pocas escenas surrealistas de la película, con una máscara de pájaro. Henrique se identifica con el océano, mientras que la misma Catarina se siente atraída por las montañas.

«Los objetos tienen sus propias vidas secretas».

La dirección artística es notoriamente el aspecto más cuidado y el más llamativo del metraje. El filme está exquisitamente filmado en 16 mm, cada imagen meticulosamente compuesta e iluminada. Abundan los primeros planos fijos en los que Vasconcelos compone verdaderos cuadros, que incluso recuerdan el estilo de pintura flamenco, como sugiere otro fragmento de la narración: «Observamos el mundo como si estuviéramos dentro de una pintura». Resuenan en ellos ecos de bodegones antiguos que nos acercan atentamente a contemplar objetos significativos, recuerdos radiantes y lúgubres. Para que no olvidemos que: «Los objetos tienen sus propias vidas secretas». 

También es objeto de reflexión el uso significativo que la directora hace de diversos recursos visuales. Por ejemplo, la cámara rápida, para mostrarnos secuencias de flores floreciendo, o como la imagen retrocede para poder unir de nuevo una hoja arrancada a su rama.

Ofreciendo una perspectiva femenina sobre la familia, la vida doméstica y del mundo en su totalidad, la película abarca una dimensión política. Además de las reflexiones de carácter feminista que realiza la hermana de los seis, Teresa (Inês Melo Campos), esta es suscitada, por un lado, a través de los viajes de Henrique a Angola y otras antiguas colonias portuguesas. Los primeros planos de antiguos sellos africanos son reveladores, cargando sobre el colonialismo. Por otro lado, la cuestión está revestida de referencias a la situación de Portugal durante las décadas de dictadura de Salazar. 

La familia, afligida por el dolor, escenificada en una preciosa composición, tan perfectamente quieta que solo el humo ondulante de un cigarrillo prueba que no se trata de una fotografía.

Asimismo, el largometraje está atravesado por la cultura con un amplio repertorio de alusiones que abarcan la pintura, la literatura (destacando Moby-Dick) y la música (se hace referencia a una anécdota sobre Bach). De hecho, la música también es un elemento vital tanto en sentido figurado, mediante hermosos motivos verbales y visuales, como de forma literal, mientras suena un abanico de piezas de Schubert, Liszt y Rossini.

El resultado final de esta exploración cinematográfica introspectiva, este álbum familiar lleno de nostalgia generacional, es una compleja carta de amor, a la vez enraizada y celeste, para su familia, para las personas a las que jamás conoció y para las que añora cada día de su vida. Porque el amor perdura después de la muerte.

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