Atómica, ¿se nace o se hace?

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Parece que este verano las pantallas cinematográficas, en cuanto al mercado norteamericano se refiere, están ‘repletas’ de propuestas de interés feminístico. Hace unos días Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017) centró la atención como película promocionada como una suerte de ‘revolución’ feminista por parte de la industria: por primera vez una heroína Marvel protagoniza a solas su película, y su directora se convierte en la primera mujer en dirigir un blockbuster de superhéroes. Estos días, a poco de que se estrene en España la última película de Sofia Coppola, The Beguiled (2017) , bajo la promesa de revisar desde el punto de vista femenino la adaptación cinematográfica que Don Seagel realizó en 1971 de la novela de Thomas P. Cullinan, A Painted Devil (1966), la atención la centra Atomic Blonde (David Leitch, 2017): una película producida por su protagonista, Charlize Theron, contextualizada en un momento de alta tensión mundial que provee al film intrigas y juegos de espionaje amenizados por escenas de acción sobresalientes por su manufactura (Atomic Blonde, espionaje en la frontera del Telón de Acero).

Ante este panorama, parece imposible no interrogarse por el tema de la representación y presencia de las mujeres en la industria cinematográfica norteamericana hoy. No obstante, y antes de ver la propuesta de Coppola, merece la pena reflexionar acerca de la heroicidad femenina. Un tema que quizá se piense como una cuestión ‘material’, pero que no por ello carece de carga simbólica e ideológica.

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A pesar de que las protagonistas de Wonder Woman y de Atomic Blonde responden a naturalezas diferentes, y a pesar de que el nivel de sofisticación de ambas narraciones parecen buscar también públicos y un entretenimiento diferente, resulta interesante interrogarse sobre como el cine escribe y representa el concepto de heroicidad cuando es a una mujer a quien le toca representar el papel.  En este intento, el plan no es analizar la cosmovisión de las autorías. Lo que se pretende es poner sobre la mesa ciertos interrogantes que intenten revisar la efectividad de la representación de la heroicidad cuando son mujeres las que ocupan los roles que tradicionalmente han sido reservados y protagonizados por personajes masculinos. 

Es inevitable el dilema que supone representar la heroicidad femenina en narraciones épicas, bélicas, de aventuras, o en las popularmente catalogadas como ‘cine de acción’. Desde la tradición clásica, el tema de la heroicidad ha estado reservado al enaltecimiento y exhibición del músculo y la racionalidad masculina. Desde este androcentrismo histórico, se ha definido no solamente la potencia del género, sino todo lo que ve y le circunda: la definición del bien y del mal, el valor, la verdad, el objetivo, la meta, el triunfo, la visión, el canon, la deidad, etc. Y,  claro está, también la justificación de el tránsito hacia todo ello, es decir la narración: la definición del mito, de la acción, de la finalidad, la duda, la nostalgia, la contradicción, etc. Entonces, ¿cómo construir una heroicidad femenina?

No sé quién dijo que las comparaciones son odiosas, pero casi siempre son inevitables por ilustradoras. Y más cuando sospecho que a veces tal afirmación se convierte en un eufemismo trazado desde la masculinidad que quiere apaciguar el derecho al  malestar de la feminidad que se visto excluida o tratada de un modo condescendiente, como si la racionalidad o heroicidad masculina fuera la inevitable. Más allá de esto, creo también que la comparación entre los relatos heroicos que nos ocupan, y las propuestas de feminidad que se han pensado y construido para ellas, centra el dilema al que hacemos referencia.

Al valorar Wonder Woman, ya dijimos que muy a pesar de que la película funcione a la perfección como el producto que es (Wonder Woman y Patty Jenkins, las supermujeres que la industria necesitaba), la heroína, como tal, dejó mucho que desear en su representación y puesta en acción (Wonder Woman, siempre nos quedará el amor). En resumen, la lamentación surge de cómo el film propone resolver la representación de Diana en una narración de tradición masculina. En ella, quizá con la intención de poner en valor la racionalidad ‘supuestamente’ femenina –bondad, altruismo, saberes de las mujeres/sororidad-, se construye una heroína ingenua, blanco de risas por su carácter inverosímil, puesto que en una narración del tipo el uso de su violencia no nace del mecanismo de fusión de la testosterona y racionalidad masculina. Además, film no se centra en la exhibición de los poderes de la heroína. Éstos funcionan simplemente como el mecanismo que hacen posible las escenas de acción. El film, sin embargo, sí centra su relato  en narrar el proceso o rito de iniciación de la heroína que descubre luchar por amor    y no por el sentido de la injusticia universal.

En Atomic Blonde, todo el supuesto “sentido y sensibilidad” propio de lo femenino, desaparece. No forma parte de la narración ni de las motivaciones de la heroína. Lorraine, la protagonista, es determinante y decidida. Conoce la urgencia de la injusticia universal y lucha por ella. En esta propuesta fílmica parece que no hay ningún intento de intentar amoldar o negociar la representación de la feminidad  en la tradición del relato hipermasculinizado. Ella existe en la narración sin más. Tal como apunta Núria Trapero en este mismo blog,  el relato es una  “amalgama visual entre la trilogía de Jason Bourne de Paul Greengrass, el concepto de heroína de armas tomar de La Femme Nikitade Luc Besson y el toque retro a golpe de luz de neón que tan bien sirve para reflejar la época de Drive de Nicolas Winding Refn”. Lorraine se presenta como si de un personaje masculino se tratara. En su misión, en su lucha, en la vivencia y representación de su sexualidad, en su canon de valores, no hay intento de ‘sobre-evidenciar’ que es mujer. Se despoja de la ‘feminidad tradicional’ para converger en la masculinidad tradicional. 

A diferencia de lo sucedido con Wonder Woman, ¿por qué al salir del cine una tiene la sensación de que la heroína de Atomic Blonde sí es una heroína?; ¿Por qué se  aplaude su puesta en escena y su encarnación heroica?. En Atomic Blonde no hay condescendencia ninguna. ¿Significa ello que la heroicidad femenina solamente es posible si reproduce los patrones masculinizados?

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Resolverlo no es fácil, y está lleno de interrogantes y de posturas contradictorias:

¿Desde cuando, y quién decidió, que luchar por al amor es sinónimo de mojigatería?; ¿Por qué al amor es solamente cosa de mujeres, mientras que la justicia universal lo es de los hombres?; ¿Qué sentido de la justicia se ha legitimado históricamente?; ¿Por qué la violencia y el derecho a usarla es tan conflictivo, incluso prohibido, para las mujeres?; ¿Desde cuando ser poderosa tiene que demostrarse a golpe de hipersexualización/pornograficación?; ¿Solamente devenimos heroínas si renunciamos a lo aprendido históricamente o negamos la identidad transhistórica de lo que ha supuesto ser mujer?; ¿Solamente devenimos heroínas si somos incorporadas al modo de representación y narración institucional androcéntrico?; ¿La heroicidad feminista solamente compete al combate de las injusticias que sufrimos las mujeres?  *

Quizá se espere una conclusión clara. Pero, por el momento, a lo único claro que puedo llegar es que la representación de la feminidad es siempre problemática. Claro que podemos amoldarnos y negociar con la siempre latente masculinidad que ha pautado el relato heroico a modo institucional, pero a cuenta y riesgo de perder lo propio. Claro está que podemos construir relatos propios, poner en valor la potencia y la racionalidad femenina, pero, por los inevitables efectos colaterales de la exclusión histórica, bajo una compleja condición de marginalidad o de condescendencia hacia lo subalterno –sufrimiento en clave melodramática, enaltecimiento de la maternidad, el sacrificio de lo propio por el bien y el orden-.

Posiblemente todo sea más “fácil”, y lo que necesitamos es reinventar modelos y ordenes narrativos; quizá debamos despojarnos de prejuicios de género racionalizados históricamente y desistir en el imperativo de que todo debe ser catalogado y normativizado. Nada tiene de malo reivindicar que Atomic Blonde ponga en escena una heroína-heroe, y nada tiene de malo que la heroicidad femenina sea construida desde otras narraciones que no sean las de dominio y expansión. Quizá, lo único que urge, es que la voz de las mujeres encuentre el lugar que le corresponde. Que no se nos otorguen lugares, sino que los ocupemos. Ahí es nada, ¿no?

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* Este verano también se estrenó Colosal de Nacho Vigalondo en el que la narración la protagoniza una heroína. Heroína que fue tildada como feminista puesto que lucha y vence a un maltratador. Al tratarse de un post que se ha centrado en cine norteamercano, no la he citado hasta ahora.

 

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